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sábado, 20 de julio de 2013

"No me preguntes por qué", capítulo 3.

Entonces sí que tuve un buen motivo para despegarme de la cama. Descarté de inmediato que se tratara de algún tipo de animal, incluso antes de oír las voces. Y desde fuera, sin entender ni una palabra de lo que decían, supe que al menos una de esas voces ya la había escuchado antes y la conocía bien.
Demasiado bien.

Mientras me levantaba de un salto nervioso que no duró más de un segundo, imploré que por favor no se tratara de quien yo creía que era, porque aun habiéndolo superado, me dolería inevitablemente. Asomé los ojos entre los huecos de la persiana. Eran un hombre y una mujer, pero sólo pude verlos de espaldas desde una perspectiva bastante lamentable, así que decidí abrir la puerta y salir para llamarles la atención. No sólo me irritaba la idea de que fuera quien yo creía que era, sino que además habían atravesado la verja que cercaba mi propiedad. Se pensarían que, al tener las ventanas cerradas a cal y canto y no ver estacionado ningún coche en la puerta, no había nadie en la casa en aquellos momentos. Bueno, lo que pensaran era precisamente lo que menos me preocupaba.

Antes de abrir la puerta, me puse unas zapatillas porque llevaba descalza prácticamente todo el día. La abrí sin hacer el más mínimo ruido, para que siguieran creyendo que nadie les estaba observando, y salí al exterior de la manera más sigilosa que fui capaz. Para aquel entonces, la parejita se estaba adentrando entre los árboles. (Serán imbéciles. ¿No podían haber rodeado mi casa en vez de asaltar el jardín cruzando la verja para llegar antes?)

Ahora pisando el mismo suelo que acababan de pisar ellos, sin persianas de por medio, les reconocí a la perfección. Serán cabrones...

Ese lugar se lo di a conocer yo años atrás, y ha quedado bastante claro que cometí un grave error. Ahora Alex se lo ha enseñado a Mara. Mi paraíso de la infancia, mi aldea donde poder desconectar los fines de semana... Nunca debí hablarle de Lompro ni de lo que significaba para mí, ni mucho menos llevarle hasta allí. Sabía que me dolería, pero ya no se trataba sólo de dolor. Se trataba además de un cúmulo de barbaridades que me callé en su momento, que se quedaron dormidas en mi subconsciente, y que al verlos allí, en mi paraíso, habían vuelto a despertar.

Mi primer impulso fue pisarles los talones y amenazar con denunciarlos por entrar en una propiedad privada, aunque tampoco me había afectado demasiado ese detalle, pero tal era la rabia que sólo quería vengar el dolor que hice permanecer guardado tanto tiempo.

No era justo que fuera feliz. Ninguno de los dos. Ni siquiera por separado. Y menos en Lompro.

Estoy segura de que ella no sabe por qué Alex conoce este sitio... Nunca fue una de sus pocas virtudes conservar los méritos ajenos. Ni tampoco asumir la culpa. Ni confesar una mentira desmesuradamente transparente a la vista de cualquiera. En fin, si tuviera que nombrar alguna de sus virtudes es posible que me quedara en silencio durante aproximadamente dos horas pensando sin éxito.

Así que, una vez aterricé de mi ensimismamiento provocado por el odio y la incredulidad, me encaminé directa hacia a ellos pisando sus talones. Pero no terminé de dar cuatro pasos cuando algo molesto noté en la planta de mi pie. Los muy idiotas habían caído las llaves del coche en mi parcela.

Las recogí de mala gana, dispuesta a tirárselas a la cabeza antes de pronunciar palabra. Pero una vocecita interior (sería mi subconsciente, o mi rabia, o mi posible primer síntoma de esquizofrenia; no sé, pero algo dentro de mí se encendió de repente) me invitó a que me apaciguara, a que no descargara mi dolor en una simple discusión con amenazas de por medio. Me propuso que fuera más inteligente, entendiendo por inteligente desarrollar una venganza más lenta y fría desde la sombra.

Si ellos habían sido tan tontos de perder las llaves del coche en la puerta de mi casa, no iba yo a ser tan tonta de devolvérselas.

Al menos no en esos momentos.